Los visitantes de la eternidad
Los visitantes de la eternidad
Isaac Asimov, Michael Masters y la hipótesis de los humanos viajeros del tiempo
Me encontraba cómodamente en mi sillón leyendo El fin de la Eternidad, de Isaac Asimov, cuando una asociación, quizá remota pero difícil de evitar, me condujo nuevamente hacia la hipótesis de Michael Masters. En la novela de Asimov, Andrew Harlan pertenece a una organización situada fuera del curso ordinario de la historia. Es un Técnico, alguien autorizado a viajar entre siglos y ejecutar pequeñas modificaciones destinadas a alterar el porvenir. En la obra de Masters, las entidades reportadas por los testigos podrían proceder también de otro tiempo, aunque no serían funcionarios de una burocracia temporal, sino nuestros propios descendientes, interesados en observar y estudiar su pasado.
La semejanza inicial termina allí. Asimov escribe una novela sobre las consecuencias políticas y morales de administrar la historia. Masters intenta formular una explicación antropológica del fenómeno ovni. Sin embargo, ambas obras comparten una pregunta inquietante: ¿qué ocurriría si el tiempo pudiera convertirse en un territorio transitable?
La literatura puede plantear esta posibilidad sin demostrar su mecanismo. Una hipótesis científica, en cambio, debe afrontar problemas adicionales: tiene que precisar qué viaja, mediante qué procedimiento, desde qué época y cuáles serían las pruebas capaces de distinguir ese origen temporal de otras explicaciones y, fundamentalmente, debe tener una perspectiva universal (en Ciencias, una hipótesis es una propuesta de respuesta que busca ser puesta a prueba).
Publicada en 1955, El fin de la Eternidad presenta una organización llamada Eternidad, instalada fuera del tiempo ordinario. Sus integrantes pueden desplazarse hacia distintos siglos y realizar “cambios de realidad”. Cada intervención busca reducir guerras, enfermedades, catástrofes o crisis sociales. Antes de actuar, los Eternos calculan la alteración mínima necesaria y sus posibles consecuencias históricas.
Andrew Harlan es uno de los encargados de ejecutar esos cambios. Su oficio exige precisión y desapego: debe modificar vidas enteras sin permitir que las emociones interfieran en su misión. El contacto con Noÿs Lambent altera esa disciplina y lo obliga a cuestionar la autoridad de Eternidad, la supuesta neutralidad de sus decisiones y el precio que paga una humanidad protegida de sus propios riesgos.
La novela enfrenta dos modelos de civilización. Uno privilegia la estabilidad mediante la corrección permanente de la historia. El otro acepta la incertidumbre, el desarrollo tecnológico y la expansión hacia el espacio. Asimov sospecha que una humanidad excesivamente administrada podría volverse incapaz de emprender las transformaciones necesarias para abandonar la Tierra.
El tiempo aparece así como un ámbito de intervención técnica. Los Eternos se desplazan entre siglos del mismo modo en que nosotros viajamos entre ciudades. Observan épocas pasadas, calculan probabilidades y deciden qué acontecimientos deben permanecer y cuáles serán sustituidos.
Este concepto permite establecer el paralelismo con Masters. Si los viajes temporales fueran posibles, los visitantes no tendrían por qué llegar desde otro planeta. Podrían proceder de otra etapa de la historia terrestre. La criatura que contemplamos como alienígena sería, bajo esta interpretación, un ser humano separado de nosotros por cientos de miles o millones de años de evolución.
Michael Masters es profesor de antropología biológica y se ha especializado en anatomía evolutiva de los homininos, variación humana y arqueología. En Identified Flying Objects propone lo que denomina modelo “extratempestrial”; es decir, los ovnis y específicamente los grises podrían proceder del futuro.
Su punto de partida es morfológico. Muchas entidades descritas en encuentros cercanos poseen una estructura corporal reconociblemente humanoide; es decir, son bípedos, tienen dos brazos y dos piernas, una cabeza situada sobre un tronco vertical, cráneo voluminoso, escaso vello corporal, entre otras características.
El llamado “gris” presentaría, según Masters, una prolongación de determinadas tendencias observadas durante la evolución de los homininos. Si se compara a un primate ancestral con un ser humano moderno, se advierte un aumento relativo de la bóveda craneana, una reducción del prognatismo facial y transformaciones relacionadas con el bipedismo. Masters proyecta esas tendencias hacia el futuro y se pregunta si la imagen del humanoide macrocefálico podría representar una etapa posterior de nuestra evolución.
El argumento intenta resolver una dificultad de la hipótesis extraterrestre clásica. Si una especie hubiera evolucionado de manera independiente en otro planeta, ¿por qué tendría un cuerpo tan parecido al nuestro? La convergencia evolutiva puede producir estructuras semejantes cuando organismos distintos enfrentan problemas comparables, pero la repetición de una anatomía casi humana exigiría muchas coincidencias, como la simetría bilateral, cuatro extremidades, postura vertical, manos, órganos sensoriales concentrados en un rostro y proporciones corporales reconocibles.
Masters considera más parsimonioso interpretar al menos algunos de estos seres como integrantes de nuestro propio linaje. Su interés por los seres humanos, los procedimientos médicos descritos en las abducciones y la supuesta obtención de material genético adquirirían entonces un sentido antropológico. Nuestros descendientes podrían examinarnos por razones semejantes a las que llevarían a un paleoantropólogo contemporáneo a observar directamente al homo erectus o a una población neandertal.
En The Extratempestrial Model, publicado en 2022, Masters extiende su propuesta hacia los relatos de abducción y contacto. Los procedimientos informados por los testigos son interpretados como posibles actividades de observación, muestreo y estudio biológico. Los visitantes actuarían como antropólogos capaces de ingresar físicamente en su propio pasado.
La analogía con Asimov aparece con mayor claridad en este punto. Andrew Harlan es un técnico temporal que interviene en épocas anteriores. Las entidades de Masters podrían ser técnicos, científicos o exploradores que observan una fase antigua de su historia. En ambos casos, el pasado deja de ser una región desaparecida y se convierte en un lugar accesible. Aún no me queda claro si existe una intencionalidad a la simplemente investigativa. Tal vez el hecho de que se dejen mostrar sea para provocar una incidencia cultural, generar cambios, sembrarnos sospecha… Vaya a saber.
Masters reconoce el carácter especulativo de su propuesta y declara que no pretende presentarla como una verdad establecida. Su intención es desplazar la discusión desde la procedencia extraterrestre hacia una posibilidad alternativa. El valor inicial de su trabajo reside en haber formulado una pregunta poco explorada desde la antropología. Si el viaje hacia el pasado llegara a ser posible, ¿cómo interpretarían nuestros antepasados la aparición de seres humanos procedentes de un futuro remoto?
El problema de la diversidad
La hipótesis funciona mejor cuando se aplica a un grupo limitado de descripciones, como ser humanoides bípedos, gráciles, de gran cráneo y rostro reducido. Pierde capacidad explicativa al confrontarse con el catálogo completo de entidades informado por la casuística.
Los testimonios incluyen figuras de apariencia humana, seres de baja estatura, gigantes, formas pilosas, criaturas insectoides, reptilianas, robóticas, zoomorfas y entidades luminosas cuya corporeidad resulta difícil de establecer. También existen episodios en los cuales aparecen tipos diferentes dentro de un mismo objeto.
Estas categorías no deberían equipararse automáticamente con especies biológicas. Una diferencia de aspecto puede deberse a indumentaria, equipos protectores, etapas de desarrollo, dimorfismo sexual, modificaciones artificiales o errores de percepción. Algunas figuras podrían ser máquinas, avatares o construcciones culturales incorporadas al recuerdo. También deben considerarse el fraude y la reconstrucción narrativa posterior.
Aun aplicando esos filtros, permanece una heterogeneidad considerable. Si se aceptara literalmente que cada morfología corresponde a una especie, la hipótesis de Masters tendría que explicar cómo un solo linaje humano produjo formas corporales tan diferentes.
Una respuesta posible consistiría en suponer que los visitantes proceden de épocas futuras distintas. Un humano situado a cien mil años de nosotros podría conservar una apariencia bastante cercana a la actual, mientras que otro separado por varios millones de años presentaría transformaciones mayores. La Tierra contemporánea recibiría entonces visitantes procedentes de numerosos momentos del futuro.
La solución genera nuevas preguntas. ¿Por qué distintas humanidades futuras convergerían sobre nuestro periodo histórico? ¿Cuántas ramas humanas sobrevivieron? ¿Qué grado de aislamiento reproductivo existió entre ellas? ¿Por qué algunas conservaron una anatomía humana y otras adquirieron apariencias insectoides o reptilianas?
También podría proponerse que la humanidad futura se dividió en poblaciones adaptadas a planetas, estaciones espaciales o ambientes artificiales diferentes. Otra variante recurriría a la ingeniería genética: las entidades serían cuerpos diseñados para determinadas funciones. Los tipos robóticos podrían ser instrumentos, mientras que los grises actuarían como organismos biológicos o sintéticos empleados en tareas de exploración.
Estas alternativas son concebibles, aunque disminuyen la economía original de la hipótesis. Cada biotipo obliga a incorporar una nueva historia evolutiva o tecnológica. El modelo deja de ser una explicación sencilla basada en la continuidad humana y comienza a depender de colonizaciones espaciales, ramificaciones poblacionales, modificaciones genéticas y máquinas con apariencia orgánica.
Masters ofrece una explicación interesante para cierto conjunto de humanoides. La multiplicidad del catálogo impide extenderla sin reservas a todas las entidades descritas. Por lo tanto, desde un primer momento, podemos considerar su hipótesis como parcial.
¿Cuánto tiempo exigiría una transformación semejante?
La evolución carece de una velocidad fija. Algunos rasgos pueden modificarse en pocas generaciones cuando existe una presión selectiva intensa. Los cambios anatómicos coordinados y la aparición de linajes separados suelen requerir periodos mucho mayores.
La divergencia entre la línea evolutiva humana y la de los chimpancés comenzó hace aproximadamente seis a ocho millones de años. Los fósiles de Jebel Irhoud muestran que formas tempranas de Homo sapiens existían hace unos 300.000 años. La separación entre los linajes que conducirían a los humanos modernos y a los neandertales ocurrió varios cientos de miles de años antes de las últimas poblaciones neandertales conocidas.
Estos ejemplos no proporcionan un reloj aplicable al futuro, pero ofrecen una escala. Transformar de manera integrada el cráneo, el rostro, las extremidades, la musculatura, la piel y los órganos sensoriales mediante selección natural podría requerir cientos de miles o millones de años. La evolución de varias especies humanas muy diferenciadas exigiría, además, poblaciones aisladas y presiones ambientales distintas.
El aumento continuo del cerebro tampoco está garantizado. La evolución no sigue una trayectoria ascendente predeterminada. Un cerebro mayor tiene costos metabólicos, obstétricos y térmicos. Las tecnologías futuras podrían reducir la necesidad de aumentar el volumen cerebral mediante interfaces externas, inteligencia artificial o almacenamiento extracorporal de información.
La ingeniería genética acortaría los plazos. Una civilización capaz de editar el desarrollo embrionario podría modificar un organismo en pocas generaciones. Pero, en ese caso, el gris dejaría de ser el resultado previsible de la evolución humana y pasaría a ser un producto deliberadamente diseñado. Esa posibilidad pertenece a la historia futura de la tecnología, no a una extrapolación directa de tendencias biológicas.
Antes de calcular cuántas especies podrían visitarnos, habría que establecer cuántas descripciones representan agrupaciones estables, cuántas proceden de fuentes independientes y cuáles fueron registradas antes de que ciertos modelos visuales se difundieran en el cine, la televisión o la literatura.
Desde ya que no entraremos en el planteo de la física asociada a los viajes temporales, porque la idea de este post no es ramificarnos en complicaciones que, por el momento, son insolubles.
A esto se suma el problema de la falsabilidad. Masters sostiene que el transcurso del tiempo mostrará si la humanidad termina convirtiéndose en esos seres. Una verificación situada a cientos de miles de años ofrece escasa utilidad experimental en el presente.
Una hipótesis sugerente, pero limitada
El modelo extratempestrial tiene un mérito intelectual: cuestiona la identificación automática entre ovni y nave procedente de otro planeta. También permite releer ciertos comportamientos atribuidos a los ocupantes. La observación discreta, la toma de muestras y el interés por la reproducción humana podrían corresponder a una investigación antropológica realizada por nuestros descendientes.
Su alcance parece restringido a una parte de la casuística. La imagen del gris puede acomodarse a una extrapolación de algunos rasgos humanos. Los seres reptilianos, insectoides, pilosos o luminosos exigen explicaciones suplementarias. Cuantas más excepciones incorpore el modelo, menor será su capacidad para realizar predicciones concretas o para servirnos como sistema explicativo.
Entre la Eternidad y las estrellas
Asimov imaginó una humanidad capaz de dominar el tiempo y, al mismo tiempo, temerosa de las incertidumbres del espacio. Masters invierte parcialmente esa perspectiva: quizá aquello que buscamos entre las estrellas proceda de nuestro propio futuro.
La analogía resulta atractiva porque transforma al alienígena en descendiente. Aquello que parecía completamente ajeno conservaría una relación genealógica con nosotros. La criatura situada frente al testigo sería una imagen remota de la humanidad futura moviéndose a voluntad en el tiempo, como los Eternos.
La hipótesis tropieza con dos obstáculos que todavía no ha resuelto. El primero es físico: no sabemos si el viaje hacia el pasado puede producirse. El segundo es biológico, puesto que la variedad de entidades descritas supera ampliamente la morfología humanoide sobre la cual Masters construye su argumento.
El fin de la Eternidad convierte el tiempo en una infraestructura gobernada por técnicos. Masters lo convierte en un territorio para antropólogos futuros. Por ahora, la comparación sirve para que nos preguntemos si, cuando los testigos dicen haber visto figuras semejantes a nosotros, ¿están describiendo habitantes de otros mundos, descendientes humanos o formas que nuestra percepción traduce mediante la imagen de un cuerpo?
Finalmente, te dejo algunas referencias para que profundices. Por mi parte, continuaré con Asimov, este gran creador de esos universos que vale la pena visitar para abrir la mente.
Asimov, I. (2025). El fin de la eternidad (4.ª ed.). Algar. (Obra original publicada en 1955).
Masters, M. (2019). Identified Flying Objects (chapter 1). Available in: https://www.researchgate.net/publication/334545996_Identified_Flying_Objects_A_Multidisciplinary_Scientific_Approach_to_the_UFO_Phenomenon
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