Habitar el misterio: la apertura a lo desconocido como categoría antropológica
Hoy sucumbo ante la mirada antropológica. Quizás te extrañe leer esto en un espacio dedicado a los UAP, pero es parte esencial de la búsqueda. Ante el fenómeno siempre estamos nosotros, como receptores y testigos, lo que nos obliga a una pregunta previa: ¿quiénes somos y cómo miramos?
Alguna noche cualquiera habrás alzado la vista al cielo, sorprendido por la vastedad del espacio. En esa quietud suelen asaltarnos las preguntas por el origen de todo, por el orden invisible que regula el equilibrio de los elementos y, finalmente, el silencio inevitable al pensar en la muerte.
El denominador común de esas preguntas hechas en soledad es la atracción por el misterio. Cuando buscamos saber qué hay en el fondo, lo cotidiano pierde de pronto su aparente simpleza. Intuimos un sustrato esquivo donde se apoyan las cosas, una realidad elusiva a la que apenas logramos asomarnos. Experimentamos una tensión inexorable hacia lo desconocido porque esa apertura no es un mero pasatiempo ni una curiosidad pasajera por temas enigmáticos: es una categoría antropológica con alcance ontológico. Nos es ínsita, connatural. Estar volcados hacia el misterio —ya sea desde la reflexión filosófica, la experiencia religiosa o una atención silenciosa que no cabe en palabras— define nuestra manera de existir. Nuestro ser se despliega ante el abismo.
La filosofía ha habitado esta inquietud desde su origen. Ya Aristóteles, en su Metafísica, advertía que el pensar nace del asombro: quien se maravilla reconoce su ignorancia y busca comprender por el puro amor al saber, sin perseguir una utilidad inmediata. Siglos más tarde, Schopenhauer nos llamaría "animales metafísicos", seres aguijoneados por la conciencia de la finitud y el sufrimiento, empujados a interpretar su propia existencia. Y es que, como observó Max Scheler, a diferencia del resto de las especies, los humanos podemos tomar distancia de nuestros impulsos y del entorno inmediato para cuestionarnos a nosotros mismos. Esa fisura rompe el esquema de confort de nuestras vidas aparentemente resueltas y deja fluir una pregunta que bulle en el fondo de la mente: ¿esto será todo? ¿Nacimos, desarrollamos conciencia y acumulamos experiencias solo para morir?
Para precisar esta vivencia, Gabriel Marcel trazó una distinción luminosa entre "problema" y "misterio". Un problema es algo externo, delimitable, un obstáculo que analizamos, descomponemos en partes y tarde o temprano resolvemos, aunque nos lleve siglos. En el misterio, en cambio, quien pregunta está envuelto y comprometido en aquello mismo que intenta comprender. No admite procedimientos técnicos; exige un salto, una inmersión.
Esa inmersión dialoga de forma entrañable con lo que Wittgenstein llamó lo místico en su Tractatus: no el cómo es el mundo, sino el hecho asombroso de que el mundo simplemente sea. Todavía recuerdo mi primer abismamiento en la infancia. Yo estaba sentado en el cordón de la calle sosteniendo un puñado de arena, perplejo ante el simple hecho de que un solo grano existiera, pudiendo no existir. Fue mi primer encuentro con esa hondura donde no se hace pie: la intuición de algo cualitativamente superior —algo "totalmente otro"—, tan presente como inasible.
La atracción y el temblor
Cada vez que repaso Lo santo (Das Heilige), de Rudolf Otto, se me eriza la piel. Su definición de lo sagrado —y, por extensión, de todo aquello que nos rebasa— encierra una verdad contundente: el mysterium tremendum et fascinans. La fórmula es tan hermosa como precisa, pues conjuga el estremecimiento ante lo que nos desborda con la seducción magnética que esa misma presencia ejerce. El misterio nos envuelve en una danza que ejecutamos temblorosos y a la intemperie, pero también embriagados. Es sentarse junto a Pascal en una noche helada de invierno, mirar hacia arriba y confesar: "El silencio eterno de estos espacios infinitos me espanta".
El misterio es incómodo; nos deja a solas en medio del desierto. Sin embargo, cuando se es intelectual y espiritualmente honesto, una vez que se lo prueba ya no hay vuelta atrás. Como seres atravesados por la realidad, estamos sujetos a esa exigencia ontológica que nos reclama sentido.
Con todo, esa tensión vital puede apagarse. Ocurre cuando el individuo se reduce a un simple engranaje —al decir de Sábato— y se refugia en el conformismo de quien cree tenerlo todo explicado. Es la existencia conducida por la inercia: adormecida, se activa solo para cumplir horarios, desangrarse en un trabajo o encadenarse a una rutina mental para, tras recuperar calorías, apagarse al final del día. En esa marcha mecánica, como una locomotora que avanza ciega hasta agotar su combustible en la muerte, la pregunta por el sentido jamás llega a incomodar. Pero ¿no es esa desconexión una traición a nuestra propia naturaleza? Renunciar al fuego que nos mantiene en vilo ante lo oculto es sabotearnos a nosotros mismos; no dejarse interpelar por el misterio es la verdadera alienación.
Quitarse las sandalias
Me sigue impactando aquel pasaje del Éxodo en el que Moisés se aparta del camino para contemplar una zarza que arde sin consumirse. Antes de saber siquiera que se trata de Dios, recibe la orden de descalzarse porque pisa tierra sagrada. Su mérito fue previo a cualquier revelación: supo detener la marcha, reconocer el límite de su entendimiento, postergar sus seguridades y acercarse a lo extraordinario con atención plena y reverencia.
Honrar el misterio exige esa misma templanza: no apresurarse a clausurar cada silencio con una explicación. Nuestra sed de sentido no vuelve verdaderas las respuestas que mejor nos consuelan. Buscar de verdad implica soportar la incertidumbre y discernir cuándo una idea nos ayuda a comprender y cuándo es solo un velo para tapar nuestra perplejidad.
Sentir miedo y fascinación es parte del viaje. Frente a los cielos que nos interpelan y a los fenómenos que desafían nuestra física, nuestra tarea no es blindarnos tras un dogma impenetrable ni refugiarnos en un escepticismo estéril. Como bien señala el investigador Carlos Ferguson ante la casuística indomable de los UAP: "El misterio por resolver sigue intacto".
Por mi parte, seguiré frecuentando parajes solitarios, con la mirada puesta en el abismo de la noche, habitando la tensión de no saber, pero sin renunciar jamás a la búsqueda. Si me has acompañado hasta aquí, es muy probable que nos crucemos por aquellos lugares.
Héctor Sawiak, Mendoza, 15 de octubre de 2026.

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